Muestra donde se expusieron obras y bocetos de Pedro Dávila, precursor importante de la escena contemporánea guayaquileña al que prácticamente no se le conocía.


Este pequeño proyecto revisionista gestionado por la Universidad Casa Grande, centrado en la figura de Pedro Dávila (Guayaquil, 1959), forma parte de aquellos relatos dejados al margen y prácticamente olvidados, ausentes por completo de las genealogías difundidas y las cartografías de imágenes reconocidas en la historia del arte ecuatoriano. En sintonía con la tendencia mundial en este campo, que tiene como objetivo rescatar movimientos regionales, esperamos esta puesta en valor del artista ayude a reconfigurar las convenciones cronológicas, narrativas establecidas y perspectivas reduccionistas que han configurado nuestro campo cultural.

La obra de Dávila se caracteriza por la ilustración detallada de un mundo interior que apela a las realidades metafísicas de quien se abstrae en un estado de conciencia paralelo. Muchas de sus imágenes se caracterizan por rasgos del surrealismo, como la libre asociación de elementos que remiten a lo fantástico o a la evocación de un estado de ensueño. Sus composiciones presentan visiones sobrenaturales que fluyen del subconsciente y se perciben como metáforas herméticas, donde el cuerpo humano se convierte en una entidad que se transforma y muta, generando en reiteradas ocasiones juegos antropomorfos y de escala, acciones cíclicas o progresivas que se dirimen en un plano intermedio entre lo terrenal y espiritual, e imágenes-espejo que obligan al escrutinio pausado y segmentado de sus distintos pasajes.

Al repasar el conjunto de trabajos reunidos para esta exposición podremos concluir que los caminos hacia "lo contemporáneo" en la década de los ochentas resultan mucho más complejos que las miradas limitadas (centradas principalmente en el uso de nuevos medios y soportes) con que se fue definiendo ese cambio de paradigma en Ecuador. La producción de Dávila no contó con un acompañamiento especializado que pudo haber enfocado su manera de incorporar tradiciones filosóficas orientales, su empleo de guiños y citas, o inclusive su anacrónica obsesión con técnicas pictóricas del pasado, como evidencias claras de algo que escapaba los impulsos creativos e intencionalidades que perfilan el arte moderno en el país. La distancia generada por la postura del artista frente a posturas dogmáticas que no encontraban eco en su vivencia íntima, o incluso rasgos de su personalidad ermitaña, contribuyeron tal vez a que su figura se vaya ubicando progresivamente por fuera de los focos de interés de la escena. Valga entonces esta oportunidad para revisitar un cuerpo de obra que -incomprendo como desfasado- tempranamente reivindicó un repliegue hacia las poéticas íntimas de una identidad personal, y a un entendimiento del arte como herramienta de autoconocimiento, por sobre la filia a las tendencias y movimientos de su tiempo.

Rodolfo Kronfle Chambers
Curador